Me convertí en mamá de Sofía a los
35 años y era el primer bebé con el que convivía, en mi familia no hay tantos
niños y jamás había, ni siquiera, cargado a un recién nacido. Su nacimiento ha
sido para mí lo mejor que me ha pasado en la vida.
En el momento de
su nacimiento (cesárea por oligohidramnios, 40 semanas de gestación, sin
complicaciones) me dijo la pediatra que la recibió, que parecía que tenía una
displasia en la cadera. Me quedé helada porque no tenía ni idea de lo que eso
significaba; sin embargo, me lo plantearon como algo sin demasiada importancia.
Salí del hospital
con la niña dos días después y me dijeron que habían descartado la displasia,
que no había habido problemas. Todo transcurrió normal, la bebé tuvo los
padecimientos típicos del recién nacido: reflujo ocasional, cólicos, ojitos
lagañosos, etc. Bien de peso, de apetito perfecto. Yo le doy pecho en su
mayoría, sólo hace una toma de fórmula porque no me alcanza la leche para
dejarle (me voy a trabajar). Jamás me volví a acordar del tema de la displasia.
Pasados 5 meses,
la niña sanísima, preciosa, notamos que tiene un pliegue en su pierna derecha, abajo de la nalguita, y
que no tiene en la izquierda, es decir, no hay simetría. En ese momento me
volvió a venir a la mente el tema de la displasia.
La llevamos al doctor, como cada mes, pero en esta ocasión le hacemos notar el pliegue. La pediatra le manda a hacer una radiografía y efectivamente nos dice que hay una luxación en la cadera. Nos manda al ortopedista, quien, ni tardo ni perezoso, nos dice que se trata de una luxación congénita de cadera IMPORTANTE. "No va a ser sencillo, pero tiene remedio" no dejaba de repetirlo; hablaba de que iba a tener que utilizar un arnés durante un mes y a ver si con eso era suficiente, de lo contrario, habría que operarla, lo cual implicaba una complicada recuperación.
A mí, se me cayó el mundo de repente.
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